Eros, ágape… Mates.

Por: MTRO. JOSÉ DOMÍNGUEZ
¿Por qué me gustan las matemáticas? Aunque mi primera experiencia con ellas es poco digna de ser contada, vale la pena reflexionar sobre la espina que clavaron en cada fibra de mi ser. Más allá del tiempo transcurrido, lo que de verdad se vuelve oportuno contar es saber, si al hacerme las mismas preguntas soy capaz de sostener las mismas respuestas.
Sin el afán de hacer una búsqueda exhaustiva en la etimología del término; me quedo con la idea simple y llana de que éstas son las responsables de mantener mi curiosidad intacta, y no dejo de sorprenderme por las relaciones que se forman como producto de una práctica en sí, compleja.
¿Para qué me sirven las matemáticas? En realidad, hace tres décadas podía afirmar y sostener que no me servían para nada, ciertamente era muy hábil para saber que nos sirven para contar, para calcular y para medir. Hoy puedo asegurar que, lo que realmente puedo contar son apenas el número de alumnos que asisten cada día a mi clase, inclusive puedo determinar cuántos se quedarán en casa por sospecha de contagio por Covid-19, y puedo calcular el número de contagios por día; es más, también puedo saber si aumentan o disminuyen, pero cuando era apenas un infante ya había construido esa idea tan aburrida.
¿Por qué las clases de matemáticas son tan aburridas? Principia Mathematica, pensándolo bien esto es demasiado sofisticado, incluso para un lector promedio, es más, es demasiado complejo para mí. Por aquellos años, en esas clases que ahora no las veo tan diferentes de lo que estoy viviendo, sentado en una habitación de no más de treinta metros cuadrados buscaba respuestas a situaciones que alguien ya había pensado por mí, pero como ahora soy yo quien tiene el plumón en la mano derecha y el cartabón en la mano izquierda, debería dar respuesta a esa interesante pregunta o hacerme una igual de compleja: ¿por qué las clases siguen siendo tan aburridas?
Solo aquellos que se creen demasiado listos pueden confundir esta necesidad matemática con la inexistente infantilización de regresar a lo simple, a lo bello, a las pequeñas cosas, ¿cómo surge esto?
Justo de esa manera, surge el eros de las matemáticas, quienes al igual que la filosofía, también son hijas del asombro puesto que el que tiene disposición y ánimo para amarlas sabe que permanecen inmutables y eternas; los pitagóricos ya habían anticipado esto. Pero ¿por qué nos cuesta trabajo reconocer que las matemáticas rigen las leyes del universo y las relegamos a un lugar apartado y oscuro? ¿Será que hemos perdido la capacidad de asombro?
Entonces, ¿las matemáticas son o no aburridas? Tristemente sí, pero lo que las hace realmente divertidas es que un matemático trate de convencerte de que no lo son. Es más, llevo casi un par de horas tratando de convencerme de que escribir esto es realmente divertido, aunque el proceso de escribir lo es en sí, me apena mucho decir que, este juicio es producto del colectivo social y he estado a punto de autonombrarme el rey del aburrimiento.
Han de saber queridos lectores, que mi curiosidad permanece intacta y abrazo a las matemáticas como amante celoso, pero también sé reconocer que ellas tarde o temprano cuestionarán mi capacidad para mantenerlas conmigo. Las preguntas siguen sin contestarse, pero te dejo solo una: ¿para qué nos sirven realmente las matemáticas?
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